El Opus Dei: integrismo católico (Urs Von Balthasar)
Publicado por opusvalladolid en Enero 2, 2008

Los que mantenemos una postura crítica ante el Opus Dei tenemos muy buenas razones y argumentos para justificar nuestra crítica. Hay cosas en el Opus Dei que son erróneas, que están equivocadas y dolorosamente desviadas de lo que es un buen Catolicismo, el de la Iglesia Católica. Hay personas de la Iglesia que también son muy críticas con el Opus Dei y tienen (tenemos) todo el derecho del mundo a serlo. Para el Opus Dei manifestar una opinión crítica es el peor de los “pecados” que un miembro de la Obra puede cometer, porque es una “falta de unidad”. Falta de unidad ¿con quién?, ¿falta de unidad con Dios?, ¿con la Iglesia? No. Falta de unidad con la Obra. Y ¿qué importa no vivir esa “unidad” con la Obra?, ¿qué hacer cuando hay que elegir entre estar unido al “espíritu” del Opus Dei y estar unido al espíritu del Evangelio de Jesucristo?, ¿qué hacer cuando afirmar uno es negar el otro?
Yo prefiero estar unido a Jesucristo (como el sarmiento a la vid) aunque eso implique no comulgar con los planteamientos del Opus Dei.
Decía que hay personas muy autorizadas de la Iglesia que critican al Opus Dei y seguro que no es, como nos decían en la Obra, por ignorancia o mala fe. Qué fácil es eso de tachar a aquellos que critican como depravados sin ni siquiera escucharlos. Aquí adjunto un artículo escrito por el gran teólogo y cardenal Urs Von Balthasar, co-autor con Joseph Ratzinger de varios libros. Juan Pablo II consideraba a este autor como el teólogo católico más importante desde Santo Tomás de Aquino y, al igual que ha hecho Benedicto XVI, se refirió a él en público como “su maestro”.
Por esto creo que es interesante leer las palabras de Von Baltasar sobre el Opus Dei y su espiritualidad. Quizá por este artículo el Opus Dei lo considera un autor nada recomendable en su índice de libros prohibidos: Reflexiones críticas sobre la obra teológica de Hans Urs von Balthasar
Un cordial saludo.
A. S.
EL OPUS DEI: Integrismo católico
Hans Urs von Balthasar (Lucerna, 1905 – Basilea, 1988) Teólogo suizo. Estudió germanística y filosofía en Viena, Berlín y Zurich (1923-1929) y filosofía y teología en Lyon y Pullach (1929-1938). Jesuita, tras ser ordenado sacerdote, ejerció su ministerio en Munich, Zurich y Basilea como capellán de estudiantes. Su obra recoge las incitaciones más fecundas del pensamiento alemán y francés y de la teología cósmica de los padres griegos. Sus títulos más representativos son, entre otros, La esencia de la verdad (1942), Teología de la historia (1950), La oración contemplativa (1955), El problema de Dios en el hombre actual (1956), Gloria, una estética teológica (1961-1969), Pneuma e institución (1974) y Si no os hacéis como este niño (1985). En 1988 fue promovido al cardenalato y creado cardenal a título póstumo.
Artículo publicado en Neue Zürcher Nachrichten-Christliche Kultur
23 de Noviembre de 1963.
Los protestantes nos envidian muchas veces a nosotros los católicos el que gracias a Roma no existen en nuestra Iglesia fracciones incompatibles como en el caso de las trágicas divisiones que ellos padecen. Sin embargo, aunque esto es verdad por lo que se refiere a nuestras fronteras dogmáticas, no lo es con respecto a los distintos espacios de la espiritualidad, llegando a este punto a un cuadro semejante al de los protestantes. El primero que como pensador cristiano miró profundamente alarmado el fenómeno de lo que hoy se llama integrismo, y dio de él el más seguro diagnóstico no superado aún, fue Maurice Blondel.
La más fuerte manifestación integrista es sin duda el Opus Dei -de origen español-, un instituto secular con millares de miembros, principalmente en el mundo académico y con una gran extensión internacional; posee numerosas residencias para estudiantes en todo el mundo y una Universidad en Pamplona. Estrechamente ligado al régimen español de Franco, posee altos puestos en el gobierno, bancos, editoriales, revistas, periódicos (fundados por él o comprados), y desarrolla en todas partes -incluso en Alemania, Francia, Austria, Suiza- una discreta y celosa actividad de propaganda. La pertenencia a la Obra está concebida de una manera múltiple y complicada: desde unos amplios círculos exteriores hasta grupos íntimos secretos y células. Nos reducimos a investigar su espiritualidad y tomamos para ello el libro Camino del fundador y presidente José M.. Escrivá, y preguntamos: ¿Piensa realmente el autor desarrollar aquí una auténtica espiritualidad que baste para nutrir cristianamente a un tan poderoso cuerpo selecto? ¿Es un pequeño manual español para los altos exploradores? Pero española es también la auténtica mística de Raimundo Lulio, Juan de la Cruz e Ignacio de Loyola, cargada de resonancias evangélicas y con validez para siglos. También aquí será útil entresacar algunos párrafos para captar el “nuevo tono” de este “camino”.
“¿Adocenarte? Tú, ¿del montón? ¡Si has nacido para caudillo! Entre nosotros no caben los tibios; – ¡Energía! Sin ella Iñigo no se hubiera convertido en Ignacio. ¡Dios y audacia! Sé fuerte y viril. Así serás señor de ti mismo en primer lugar. Y, después, guía, jefe, ¡caudillo!… que obligues, que empujes, que arrastres con tu ejemplo, y con tu palabra, y con tu ciencia, y con tu imperio; – El matrimonio es para la clase de tropa, no para el estado mayor de Cristo; -¿Ansia de hijos?… Hijos, muchos hijos y un rastro imborrable de luz dejaremos si sacrificamos el egoísmo de la carne; – No me gusta tanto eufemismo: la cobardía la llamáis prudencia y vuestra “prudencia” es ocasión de que los enemigos de Dios, vacíos de ideas el cerebro, se den tonos de sabios y escalen puestos que nunca deberían escalar; – Y después, ¡camino arriba, con santa desvergüenza, sin detenerte hasta que subas del todo la cuesta del cumplimiento del deber!; – Poco recio es tu carácter; – Cállate, no seas “niñoide”; – Hombre: sé un poco menos ingenuo; – ¡Caudillos!… viriliza tu voluntad para que Dios te haga caudillo. ¿No ves cómo proceden las malditas sociedades secretas? Mucha obediencia hace falta; – Cuando un seglar se erige en maestro de moral se equivoca fácilmente: los seglares sólo pueden ser discípulos; – El sacerdote, quien sea, es siempre otro Cristo; – Amar a Dios y no venerar al sacerdote… no es posible”.
Oigamos ahora una instrucción en la que se determina cuál ha de ser el contenido de la oración a Dios: “Me has escrito: ‘Orar es hablar con Dios. Pero, ¿de qué?’ De Él, de ti: alegrías y tristezas, éxitos y fracasos, ambiciones nobles, preocupaciones diarias… ¡flaquezas!”. Esto quiere decir que esta oración se mueve casi exclusivamente en el círculo estrecho del yo, de un yo que debe ser grande y fuerte, equipado de virtudes paganas, apostólico y napoleónico. Lo que ante todo es necesario, o sea el arraigo contemplativo de la Palabra “en buena tierra”"(Mt. 13, 8); lo que constituiría el blanco de la oración de los santos, de los grandes fundadores, la oración de un Foucauld, lo buscará uno inútilmente aquí. Así, pues, es de esperar que el Opus Dei posea en su propio subsuelo unas reservas espirituales completamente distintas de esta muestra mezquina, que ofrece a la luz del día. Cuando el caudillo espiritual, al terminar la recolección de flores, se lleva un par de rosas de Lisieux para su ramillete, ya están casi marchitas, no crecen y no podrán mantenerse mucho tiempo en el florero. “Me dijiste que querías ser caudillo”, dice la sugestiva pregunta del nº 931. ¡Ah, no, Monseñor, yo no creo que hubiese dicho esto! A pesar de sus afirmaciones de que los miembros de la obra son libres en sus opciones políticas (J. Herranz, El Opus Dei y la política), es innegable que su fundación está marcada por el franquismo, ésta es “la ley en que ha sido formado”.
Aquí surgen igualmente graves problemas -que no trataremos a fondo- acerca de la “táctica apostólica” de la “Obra de Dios”; en primer lugar la relación entre “dinero y espíritu”. Pongamos un ejemplo: ¿Se puede comprar un periódico, hasta entonces libre, con todo su equipo -hasta entonces libre- de redacción y colaboración, dejándoles que sigan escribiendo como antes con la sola condición de hacer en cada número un poco de propaganda del Opus Dei? Así sucedió con la revista parisina La Table Ronde, que primeramente estaba tan llena de espíritu y tan estimulante; y así sucederá con otras publicaciones. Recordemos que las más bellas revistas son las que fueron escritas (La Antorcha, Péguy Cahiers) o dirigidas por una personalidad relevante (”Hochland”, Muth y Schöningh; Esprit, Mounier y Béqguin) o al menos reflejan el espíritu de un grupo libre (Testimonianze, ll Gallo), de una Orden (Vie intellectuelle).
Comprar un espíritu es una contradicción en sí misma. ¿Y qué decir finalmente del método de reclutamiento, que preferentemente consiste en mandar por delante académicos bien intencionados, influyentes y acaudalados, reunir después grandes grupos de estudiantes y gente culta, frecuentemente sin cuajar aún, para terminar escogiendo de la red lo más útil? Desearíamos mejor las cartas boca arriba; quisiéramos oír, en vez de tratados de derecho eclesiástico, el lenguaje sencillo y colombino del Evangelio.
Podríamos escribir muchas formas del integrismo nacionales o extranjeras, muchas gradaciones desde el margen eclesial hacia los instrumentos eclesiásticos. Las posibles combinaciones entre tradicionalismo, monarquismo, juridicismo y espíritu militar, política y altas finanzas, son interminables. El problema queda en pié, siempre que estas esferas de valores (de muy variadas formas) pueden ponerse al servicio de Jesucristo, que ha llevado los pecados del mundo como “cordero” y no como tigre, que ha proclamado la doctrina de su Padre desde el madero de la Cruz y no en Ias cátedras universitarias, que ha amado al prójimo con espíritu de servicio y de humildad, sencillo y sin “táctica apostólica”, y que, sobre todo, no miraba a su propia integridad, sino que, como el samaritano, penetraba las fronteras enemigas.